martes, 29 de marzo de 2011

setenta y siete

Y en ese mismo momento se cruzaron las miradas. No sé si fueron horas o años, pero se amaron en la eternidad. 

Un día, distinto a TODOS los demás, él se levantó de la cama, la miró (no tenía ojos, sólo huecos), bajó la cabeza, y se marchó. 

Ella nunca lloró.

Él nunca regresó. 

Quizás no estaban hechos el uno para el otro y yo, sin querer, los descuidé y uní sus vidas desgarradas sólo para hacerlos morir.

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