Y en ese mismo momento se cruzaron las miradas. No sé si fueron horas o años, pero se amaron en la eternidad.
Un día, distinto a TODOS los demás, él se levantó de la cama, la miró (no tenía ojos, sólo huecos), bajó la cabeza, y se marchó.
Ella nunca lloró.
Él nunca regresó.
Él nunca regresó.
Quizás no estaban hechos el uno para el otro y yo, sin querer, los descuidé y uní sus vidas desgarradas sólo para hacerlos morir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario