Se estremeció. Apoyó los dientes contra su piel y la mordió tan fuerte como pudo, como quiso, como le salió. La piel comenzó a desgarrarse y ella succionó la sangre más cálida, dulce y sabrosa que jamás habría imaginado poder probar. Temblaba, sollozaba, gozaba, deseaba, disfrutaba, se sofocaba, pero no paraba. El calor y la adrenalina comenzaron a subirle por todas las venas de su cuerpo. El corazón comenzó a acelerarse, latía muy rápido, con mucha fuerza. Insaciable como era, quería más, pero no quería matarla, no quería. Se sobresaltó. No había bebido más de la cuenta, pero aún así se detuvo. El éxtasis que cinco segundos antes la había envuelto en un manto de placer, seguía rondando para darle más, placer indefinible e inalcanzable por cualquier ser humano. Quería más, más. Quería un poco más, sólo un poco. Quería mucho más.
Se acostó en el piso. Su compañera desmayada a su lado, yacía junto a ella; placer y dolor juntos, ¡qué combinación! Le pasó un brazo por su vientre abrazándola. Cerró los ojos.
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