sábado, 10 de diciembre de 2011

ciento setenta y cuatro

Prefacio- Hace veinte años, en el despertar de mi vida, pensaba que nada era más importante que el amor. Desde entonces, viví para hallarlo. Al principio, como una bebé acostada en su cuna boca arriba, pensaba que el mundo era sólo un techo blanco y cuadrado. Cuando logré sentarme, descubrí que alrededor pasaban otras personas y más cosas. Cuando logré gatear, llegué hasta una puerta que me ocultaba otro mundo que sucedía afuera. Cuando logré incorporarme, la abrí con la esperanza de encontrar una vida que me gustase más que la que había conocido hasta entonces. Pero lo que viví, ni me gustó, ni lo quise. El amor era sufrimiento, dolor, angustia, esclavitud, indiferencia, posesión, dependencia, mentiras, vanidad, competencia y una implacable destino de soledad. Entonces pensé que el amor no era lo más importante: La gente se amaba con un amor que destruía.


Durante los siguientes quince años investigué sus mecanismos y me convertí en una especialista en psicología de la pareja.
Hace unos años decidí volver al cuarto y encerrarme; bajé las persianas, encendí la luz de la lámpara y me monté los lentes sobre la nariz en una actitud que consideré definitiva.
Había fracasado.

Un día vino a mi consultorio una mujer con ese sello del sufrimiento en el rostro, que había visto en tantos rostros, durante tantos años. La única técnica que utilicé fue no utilizar ninguna. Pasé largas horas a su lado sin hablar, sin tocarla. Pedía a Dios que me ayudara, para ayudarla. Una mañana levantó la cabeza y, mirándome a los ojos, me dijo:
-Sufro porque no sé amar.

Jamás había escuchado esa frase. Por primera vez alguien había confesado que no amaba. Todos quienes conocí habían sido víctimas del amor, incluso yo. Entonces comprendí que el amor que proclamábamos era un amor falso. Pero ¿cómo diferenciar el amor falso del verdadero? Y ella simplemente dijo:
-El amor no es sufrimiento. «Eso» que hace sufrir no es amor.

Me sentí tan fresca como hace veinte años, llena de esperanza, porque había comprendido. Hubiese querido correr por las calles y gritarlo: «Lo que pasó es que ¡no amé!... ¡no amé! ¡no amé! ¡no amé!».

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