sábado, 24 de diciembre de 2011

ciento ochenta y uno

Hacíamos el amor, pero tú te lo llevaste, no sé dónde lo dejaste chica, creo que lo perdiste, no lo he visto y, desde entonces, está triste. Me estoy fumando el sobre de la última carta que me escribiste. Hoy todo esto pasará factura cuando se apague la luz y nos quedemos a oscuras los sentimientos y yo. ¡Vaya locura! Que no es locura todo, pero escribir siempre ayuda, ¿no? Por eso siempre tengo el corazón a mano, y, si lo tengo que romper, ya tendré tiempo para pegarlo. Que cada verso mío es un océano; sumérgete en el agua de las lágrimas de un náufrago. Yo que caí por la escalera en espiral, hasta el final, sin respirar el humo de cada palabra. Me tragué el orgullo, y se atraganta; iré a buscar los besos que cayeron al final de tu garganta. Y claro que se fueron mis sueños por los agujeros de mi nariz, estábamos durmiendo y la vida parecía feliz. Le vi mentir, reírse de mi, debí decirle a Dios, pero le temo. Y si algún día me hice mayor y olvidé lo que dije, lo que prometí diciendo que siempre tendría 15, perdóname, perdón por no servirte, devuélveme el amor, sácalo de tu escondite. Guardo en el bolsillo los sentimientos, se quieren esconder del tiempo, están huyendo, no quieren saber nada más; si no los usas escapan riendo, si no los usas acaban doliendo.

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