domingo, 29 de mayo de 2011
ciento treinta y cinco
Ella buscaba en su armario porque había perdido la razón, yo exprimía diccionarios para poder hacer una canción. No me acuerdo muy bien cuantos besos dejamos en cada esquina, pero imposible olvidarme de aquel cuarto donde aquella noche subió la adrenalina. Se juntaron Rosario y la capital, se juntaron el bien y el mal, se juntaron dos almas en una sola, se juntaron Sabina y Piazzola. Se juntó una religión que era puro corazón con otra que nunca existió. Se juntaron dos camas y no alcanzaba para tanto fuego, tanta acción, tanto descontrol. Elegimos el colchón más chico, y pareció de dos plazas. Cuando el colchón terminó bienvenido fue el piso del comedor de su casa. A cada beso caía una estrella; cada arañazo calmaba el dolor.
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