martes, 16 de octubre de 2012

doscientos treinta y siete

Me hago mayor y pierdo la noción del tiempo; me da miedo el tic-tac. Noto menos el viento. Noto menos amor en las personas. Y lo cierto es que iré notando menos el sabor de los momentos.
Me hago mayor y quiero escuchar un cuento, volver atrás hasta llegar al primer beso, notarlo despacio como si no terminara y sentirlo al recordarlo (mataría por eso).
Me hago mayor, y eso no puedo evitarlo. Busco ser otra persona, ¿para qué negarlo? Nunca me sentí orgullosa de la forma en la que hablo: me dirijo a mis seres queridos y logro dañarlos.
Me hago mayor y sé que hay cosas que no cambian: mi frustración, mi dolor, mi enorme rabia; hablo de esos días que perturban este estado emocional, demencial, que nublan toda mi vida.
Me hago mayor y sigo buscando respuestas, sigo haciendo aquellas preguntas que no contestas. Cada día es más difícil cada paso del camino que me lleva a ningún lado.
Me hago mayor y eso lo sabe hasta el cielo, él me espera desde que nací, desde que era un cero; este sendero desemboca en el final de un sumidero por el cual camino lento como una triste pasajera.
Me hago mayor y quiero sentir amor, que el año que se acerca sea mejor que el anterior, que todos los pequeños no conozcan ni una milésima parte de este tremendo y desgarrador dolor.
Me hago mayor, me lo grita el espejo; me miro tanto tiempo que ahora estoy algo más vieja. Me observo tan de cerca que me veo de lejos. Noto como pierdo el tacto y parte de mis reflejos.
Me hago mayor y creo que pierdo el alma; la gente no me ve al pasar, soy como un fantasma. Busco calma; pero no existe, murió detrás de aquellas nubes moradas.
Me hago mayor y la muerte vendrá a buscarme, vendrá a decirme que ya es demasiado tarde; saldré corriendo, sabrá que soy una cobarde y no podré huir porque ella duerme en todas partes.



Me hago mayor. Dios, no podrás pararme. 

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