martes, 19 de abril de 2011

ochenta y siete

Volvió la cabeza hacia el monitor que cinco segundos antes le había, como siempre, llamado la atención. Pero esta vez fue distinta a las otras veces, fue otra cosa. Esta vez la pantalla la sorprendió. Gritó. Un eco del sonido recorrió su habitación. Escalofríos. Gritó de nuevo; gritó en silencio.
De pronto todo estaba cambiado, todo lo que ella conocía ya no estaba. Había papeles, biromes, lápices, pero esparcidos por todos lados. Se sentía rodeada. No podía escapar.
Amagó a levantarse de la silla que, alguna vez, había sido suya, pero se dio cuenta que llegar hasta el picaporte iba a resultar imposible: muchos obstáculos. Estaba muy claro que no iba a lograrlo.
Se mantuvo en silencio durante horas, días sin pronunciar una palabra, un sonido. Había pasado tanto tiempo, y ella sin dormir. Comenzaron a cerrarse sus párpados; se retuvo cuanto pudo pero luego de siete cabeceos, cedió y cerró los ojos.
Los abrió, rapidamente: había escuchado el cerrojo. ¿Había estado encerrada tantos años, sin darse cuenta?
"Alma, está la comida" se escuchó a su madre gritar con fuerza, y el eco recorrió nuevamente su habitación. Alma se levantó de la silla y dio cinco pasos hacia la puerta. Levantó la mano derecha y, con ella, apretó el picaporte y lo tiró hacia abajo. Salió de la habitación y se alejó sin tanto espamento.

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