martes, 7 de marzo de 2017

trescientos once

No estaba oscuro. No llovía. No fue una historia de amor a primera vista. No estaba triste. No estaba feliz. Pero vos estabas hermosa. Y te miré; y estabas hermosa. Dijiste mi nombre y no me importó. No pensaba en vos. No bailabas en mi cabeza ni recorrías mi mente a cada instante. No me importaba si eras feliz, no me importaba si eras egoísta. No me importaba si viajabas por el mundo o si te gustaban las frutillas o si bailabas desnuda a medianoche. No estabas en mis sueños, y mi futuro ni siquiera sabía que existías. La luz de la luna no se reflejaba en tus ojos. El viento no me susurraba tu nombre. Eras hermosa, pero sólo eras hermosa. Las mariposas no bailaban en mi estómago. No había química. No me importaba si entrecerrabas los ojos al mirar el sol ni si llorabas viendo películas de amor. Mis lápices no escribían tu nombre.  Mis soldados no te defendían. Las canciones de amor no me hacían pensar en vos. No veía tu nombre a donde quiera que fuera. No eras en lo primero que pensaba cuando me levantaba ni eras lo último que pasaba por mi cabeza en las noches al acostarme. No sonreía como una estúpida al verte. Tus ojos no me mostraban verdades ocultas. No me moría por tocar tu piel. No me importaba cuán lejos o cuán cerca mío estabas.

Te encontré. O, quizás, vos me encontraste.




El mundo se dio vuelta en un segundo. Y me enamoré.

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