viernes, 7 de junio de 2013

doscientos cincuenta y ocho

Era un miércoles por la noche. Pleno invierno. Hacía mucho frío afuera. Estábamos las dos en mi auto camino a Neuquén, Villa La Angostura. La ruta estaba desértica; a penas pasaban un par de autos, muy pocos, y muy a lo lejos. Veníamos escuchando música, una música tranquila, una música que nos gustaba a las dos, una música de fondo. Nadie hablaba. Yo iba al volante y ella sentada a mi lado. 
La miré; tenía la mirada fija en la ventana, y recuerdo haber pensado que ahí afuera había algo que le llamaba la atención. Subí la calefacción; la escarcha que se había formado en la ventana del auto me hacía sentir que mis manos se congelaban de a poco. De reojo, pude notar que ella me miró y, al devolverle la mirada, vi el calor en sus ojos, su fuego, vi cómo dentro suyo había algo ardiendo. Le sonreí y volví mis ojos a la carretera. 
De repente, sin ningún aviso, apoyó su mano sobre mi rodilla. Mi mirada seguía fija. Sentí como suavemente su mano subía por mi pierna; cada vez más arriba, cada vez más adentro. Mis manos seguían agarradas al volante, mi mirada en la carretera, y yo trataba, cada vez con más fuerza, de concentrarme en el camino. La miré, y sus ojos recorrieron mi cuerpo hasta posarse en los míos. Me sonrió con picardía, y entendí sus intenciones, supe exactamente a dónde iba y qué era lo que quería. Sentí cómo el calor que me transmitían sus manos empezaban a inundarme el cuerpo entero; comenzando entre mis piernas y alcanzando cada extremidad. La canción que nos acompañaba hasta el momento había callado, y no quedaba más que silencio entre las dos. 
Escuché el botón de mi pantalón que se desprendía, y cómo ella bajaba el cierre. Empezó a tocarme por debajo de la ropa, cada vez con más fuerza. La sentí. Sus dedos se mojaron y sus ojos se llenaron de pasión. Agarré el volante con más fuerza, lo apreté, tenía miedo de soltarlo. Mi mirada seguía hacia adelante. 
De repente, al silencio, se le sumó el ruido de la hebilla de su cinturón que se desprendía. Se acercó a mi. Me susurró algo que no llegué a entender. Trataba de mantener toda mi atención a la carretera, pero se me hacía imposible; estaba demasiado preocupada por lo que esa mujer me hacía sentir. 
"Tu perfume me excita", me repitió. Me besó el cuello; y sentí como mi cuerpo se agitaba cada vez más, y escuché cómo mi respiración se aceleraba. 
Acercó nuevamente sus labios hacia mi. "Pará el auto", me susurró. Lo sentí como una orden, era suya, total y enteramente suya.
Fui sacando el pie del acelerador, lentamente; mi intención fue apretar el freno rápidamente y hacerle el amor ahí mismo, en el medio de la carretera, dentro del auto, con su cuerpo contra el mío, con su perfume inundando el aire que ya estaba viciado de nosotras dos. Quería que fuera mía, quería estar adentro suyo, quería amarla en ese mismo instante. El auto desaceleró, y lo acerqué a la banquina, hasta que se detuvo en un golpe frío y seco. 
"Acompañame", me dijo. Me atreví a girar la vista, buscando sus ojos, sus labios. "¿A dónde?" le pregunté perpleja; afuera helaba, no podíamos salir. "A atrás".
No se escuchaba nada más que el viento que golpeaba sin piedad las ventanillas del auto sin. La besé con pasión. La fricción de nuestros labios producían música. Empecé a sentir cómo su respiración se aligeraba. Nos quitamos el cinturón de seguridad y la seguí hasta el asiento de atrás del auto. Ya no tenía frío. La combinación de la calefacción al máximo y la combustión de su cuerpo, producían un mi un efecto que no conocía. Sentí como las ropas que vestíamos eran una molestia, así que comencé a desnudarla de a poco; primero la remera, luego el pantalón. Ella hizo lo mismo. Nuestros cuerpos desnudos, juntos, soldados, sin poder apartarnos la una de la otra. 
Sentí su mano sobre mi cuerpo recorriédome la piel, parecía que buscaban algo. La agarré impetuosamente por el cuello, lo que me llevó a su pelo, y acerqué su cara bruscamente junto a la mía. Nuevamente sus labios me llamaban en silencio. Me acostó en el asiento y ella dejó caer su cuerpo sobre el mío. Por un segundo me sentí un poco incómoda: el espacio nos estaba quedando demasiado chico. Pero sus manos agarraron mi cintura y me olvidé completamente de mi alrededor. Sentí que ardía; que la quería adentro mío. La miré y sus ojos me dijeron, entre gemidos y jadeos, que me quería adentro suyo, que quería que siguiera, y me pedía que por favor no parara nunca.
Súbitamente, la sentí, y ella me sintió. Sentí sus manos en mi; su cuerpo entero dentro mio. Mi respiración se aceleró, y ya no la controlaba como controlaba mi auto, estaba fuera de mi dominio. Recorrí su espalda con la llema de mis dedos. "No pares", le supliqué. Me gustaba, mucho. Y sentía como ella se quemaba con cada exhalación mía. Mis piernas comenzaron a temblar de pasión; y luego todo mi cuerpo. Temblaba por ella. Ella me hacía temblar. Grité, muy fuerte, como pude, como me salió. Y entendí que podía gritar todo lo que quisiera, los autos que pasaban esporádicamente a nuestro lado, no me escuchaban; y tampoco me importaba. Estábamos sólo ella y yo. Ella gemía cada vez más fuerte, no aguantaba más. Apreté su pecho contra el mío. Me sintió llegar al placer máximo, ella adentro mío, mi falta de aire, mi grito final.
Tomó mi mano y la llevó hasta ella, para que sintiera su calor, para que pudiera entender lo que yo provocara en su cuerpo. "Tocame".
Metí mis dedos en ella, y el calor salpicaba el auto. La pasión le recorría todas sus venas, iba y venía. Su cabeza daba mil vueltas. "Me volvés loca, mujer".
Me incorporé y la senté sobre el asiento, yo abajo, ella arriba. La tiré contra la puerta del auto y la besé con fuerza. Nos besamos, mi boca recorrió su cuerpo, mis labios mojaron cada centímetro de su piel, cada milímetro. Encontré una de mis manos acariciando sus pechos. La agarré nuevamente de la cintura y, con sus ojos trasparentes, me pidió que baje. "Te quiero sentir adentro mío" me pidió, mirándome directo a los ojos, sin correr la mirada. La acosté lentamente sobre el asiento y sus manos rasguñaron mi espalda. El calor me sofocaba. Bajé, y con mis manos abrí sus piernas y me situé debajo de sus caderas. Estuve ahí un rato largo, no me dí cuenta del tiempo; pueden haber pasado minutos, años. Fui subiendo y puso mis manos dentro suyo. A medida que iba subiendo para besarla, fui entrando en ella, y su respiración se empezó a cortar. "No pares de besarme". No paré; pero se me complicaba, porque ella no paraba de gemir, y cada vez que la besaba sentía como se quedaba sin aire. "Dejame sin aire", me dijo, y en su cara pude ver el goce que todo aquello le provocaba. Sus sentidos se agudizaron, la piel se sensibilizó. La adrenalina de sentirme adentro suyo. No paraba de gemir. "Quiero que este momento dure para siempre" me susurró, y estaba cada vez más cerca del final. "Te deseo, con cada centímetro de mi piel" la escuché decirme; y, en ese momento, me apretó bruscamente sobre su pecho, me atrajo hacia ella, clavó sus dedos en mis hombros, me mordió descortésmente, y sentí como sus piernas empezaron a temblar. Su cuerpo. Y el grito final. 


"Quiero hacerte mía con mi lengua, con mis dedos, con mi cuerpo entero" escuché en la distancia.

No hay comentarios: