martes, 2 de abril de 2013

doscientos cuarenta y tres

- ¿Querés que te cuente un chiste?
- Haha dale, contame uno.
(Fragmento perdido)
- Hahaha sos tan linda. No entiendo cómo es que siempre estás tan linda. Estuviste enferma en la cama todo el día, te levantás a las 2 de la mañana, y sos hermosa, como siempre. Simplemente no sé cómo hacés.
- Mirate al espejo, eso es belleza.

Nos sentamos las dos en la cama, mirándonos. Yo había tomado mucho, ella bajo el efecto de alguna sustancia. Sin poder sacar la mirada de sus ojos. Sintiendo que no quería dejar de mirarla, que no quería que deje de mirarme. Sentir que el mundo se empezaba a reducir sólo a aquella habitación. Me abrazó. Yo no podía responder, estaba perpleja. La abrazé, al fin. Cuando la solté, la miré a la cara, ella me miró, y sus ojos me decían que ella sentía lo mismo que yo. Que estaba amándome, o que deseaba, secretamente y con culpa, que yo la amara. (Amame Lu, amame.) Le miré los labios, esos labios color piel, perfectos. Le miré los dientes, los que tanto me gustaban, que tanto me atraían. Mi mirada recorrió sus labios y su cara hasta llegar a los ojos nuevamente. La besé. Ella me besó. Nos fundimos en un abrazo dejando caer nuestros cuerpos en la cama. En un beso, de repente, me encontré a mi misma sobre su cuerpo. Sentí cómo sus manos me desabrochaban la camisa, de a poco, botón a botón, suavemente. Me alejé de sus labios para desnudarme; para desnudarla. Su perfume inundaba toda la habitación. Y, de un momento a otro, ya no era yo, sino que era ella. Ella era yo. Yo era ella. Eramos las dos. 

Fuimos las dos.

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